
También entre nosotros, en el primer mundo, hay bolsas de pobreza donde se van amontonando personas empobrecidas, víctimas de catástrofes, de abandono y marginación, dañadas por situaciones de indigencia, a veces severa.
Ante este panorama, el riesgo que corremos es volvernos cada vez más insensibles… porque nos vamos habituando a las múltiples noticias de desamparo, dolor y muerte que nos llegan.
Como reacción instintiva podemos buscar y encontrar justificaciones pensando que la responsabilidad recae en otros. La solución no está a nuestro alcance. ¿Intentamos ocultar de esta manera un cierto individualismo e insolidaridad?
¿Qué podemos hacer ante el hambre y la miseria de tantos? ¿Es una situación que nos desborda? El Evangelio inspira propuestas como: frente al egoísmo, generosidad; frente a la injusticia, dignidad humana; frente al interés particular, gratuidad; frente al racismo, fraternidad… Según el Evangelio, los preferidos son los más necesitados, los que sufren más, los más empobrecidos… y no porque sean mejores, sino porque la justicia de Dios consiste en que triunfen los derechos de los más indigentes y malogrados. Los demás ya disfrutan de sus derechos básicos…
El mapa del hambre y la pobreza es grande y en algunas sociedades se hace cada vez mayor. La respuesta no es encogerse, sino plantar cara a las situaciones difíciles o injustas con gestos significativos de cooperación.
Reflexionemos:
- Se suele valorar la cultura del progreso. Pero el progreso es discutible, si no llega a todos.
- Se oye: “Tanto tienes, tanto vales”. Pero, qué falso es el contenido de esta afirmación.
- Políticamente hay demasiada corrupción…
- Para muchos el dinero es como un dios: sigue habiendo dioses falsos…
- Podemos ser austeros, sobrios, por convicción, para compartir más.
- Está en nuestras manos crear opinión y colaborar en campañas como esta de Manos Unidas, ONG católica.
- Y podemos orar. Sin la iluminación de Dios no será fácil lograr un mundo solidario y nivelado…