
La encarnación del Hijo de Dios y su proyecto redentor son los motivos fundamentales que nos animan a los cristianos a felicitarnos, comunicarnos y reunirnos en estas fechas. Cada Navidad trae consigo un mensaje entrañable, pero también un gran desafío: como Jesús, hemos de ser luz y testimonio en la familia, entre los vecinos, en la sociedad…
La Navidad cristiana comporta un “don mayúsculo”: Dios se nos regala del todo y para siempre por medio de Jesús. Nos ama tanto que está entre nosotros como un vecino más: revelador, servicial, valiente, liberador… Jesús es el signo supremo de la Alianza de Dios con todas las generaciones. ¿Hubiéramos imaginado un amor más desbordante y una atención más entrañable? Dios es siempre generoso. Y la Navidad cristiana es una muestra singular de cómo Dios se compromete con la historia humana y con cada persona en particular.
Destaquemos que Dios está empeñado en salvarnos. Ahora, en la actualidad, nosotros hemos de sumarnos a este empeño divino, porque la salvación personal y comunitaria es también responsabilidad de cada persona. A veces oímos y hasta decimos: “Esto no tiene arreglo…”. Más aún, nos atrevemos a declarar: “Esto ni Dios lo arregla…”. Pues si entendemos debidamente el verdadero sentido de la Navidad cristiana y la dinámica que esta impulsa, no cabe que pensemos así. La Navidad de Dios nos conduce a la convicción de que cada cristiano puede y debe ser solución en sus ambientes… La redención sigue. Y Dios quiere contar contigo, conmigo, con cada uno…
Jesús se ha hecho uno de los nuestros. Y sigue interviniendo para actualizar la redención…