Comunicaciones

El hambre: desgracia y vergüenza

Dios se ha ido revelando en la historia. Lo ha hecho en Jesús de manera culminante. Actualmente se sigue manifestando por medio del Espíritu Santo y por infinidad de mediaciones.

Jesús, profeta y maestro sensible a la tradición salvadora de Dios, es un incansable defensor de la dignidad humana; denuncia todo lo que daña y aliena a las personas; y hace propuestas de espiritualidad exigente. Con su testimonio protagoniza y muestra el ideal humano, reivindica el bienestar para todos y pide responsabilidad y esfuerzo para alcanzarlo. La mística de Jesús es la del testimonio, rebosante de entrega y de sacrificio.

Signos y virtudes de su testimonio ejemplar son la austeridad como pobreza elegida, el sentido comunitario pensando continuamente en los demás, la generosidad en combinación con el compartir de bienes, la convivencia entendida como fraternidad…

Pero esta mentalidad no cala en muchas personas. Pasan los años y sigue habiendo desigualdades escandalosas. El panorama del mundo no se parece al sueño de Dios. No se entiende bien la libertad, no se practica la solidaridad como apunta el Evangelio… Las consecuencias son terribles: egoísmo, desniveles sociales, crispación, desnutrición, lucha de clases, migraciones, muerte… La miseria de muchos es vergüenza de todos. El hambre en el mundo es un pecado social que escuece; pero casi sin darnos cuenta nos podemos habituar a imágenes de desamparo, dolor, hambruna… La inmoralidad del hambre reclama atención, remedio, reconciliación… pensando más en los demás que en nosotros mismos.

Para los cristianos, un argumento básico de la lucha contra el hambre es el Reino de Dios. Los hambrientos y empobrecidos son los preferidos de Dios, no porque sean necesariamente los mejores, sino porque la justicia de Dios consiste en hacer triunfar los derechos de los más débiles, oprimidos e indefensos.

Por todo ello destacamos y apoyamos la Campaña contra el Hambre en el mundo, que promueve la ONG católica Manos Unidas. Debemos ser conscientes todos los días del deterioro que causan la miseria y el hambre en muchas personas. El papa Francisco pide que no nos enredemos en la indiferencia enfriando la sensibilidad. La existencia de personas hambrientas y empobrecidas nos debe cuestionar y dejar el corazón dolorido…

Reflexionemos:

– Se valora la cultura del progreso; pero este es discutible si no llega a todos.

– Se comenta: “Tanto tienes, tanto vales”. ¡Qué falso es su contenido!

– Hay mucha corrupción y nos infecta…

– Para muchos el dinero es como un dios. Sigue habiendo falsos dioses…

Nosotros, qué podemos hacer:

– Mayor austeridad para compartir más.

– No malgastar ni tirar, sino aprovechar.

– Crear opinión y colaborar en campañas solidarias como la de Manos Unidas.

– Y orar. Sin espiritualidad, difícilmente lograremos un mundo justo, nivelado y feliz.

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