Creyentes en vacaciones
El verano ha llegado. Y con él las vacaciones para muchos; un sueño esperado para el descanso y la expansión. Pero hay quien no puede gozar de esta suerte por tener una salud precaria, por escasez de recursos… La suerte no acompaña igualmente a todos.
El verano es una oportunidad extraordinaria para la actividad creativa, una buenísima ocasión para gozar a fondo viviendo en positivo; es un tiempo excelente para reforzar el sentido de la vida, tonificando el espíritu y dedicándose a aquello que el ajetreo diario no permite a lo largo del año. Por tanto, las vacaciones no deben ser un tiempo de mera ociosidad y sí una coyuntura para desarrollar deseos y aspiraciones sin descuidar los valores esenciales, porque hay dimensiones de la vida que no admiten paradas ni interrupciones…
En los cristianos verdaderos, la experiencia de la fe cala y configura la personalidad de tal manera que se convierte en identidad irrenunciable; una identidad que no se puede aparcar ni cambiar como hacemos con un vestido. Los seguidores de Jesús, convencidos, llevamos tan dentro la condición cristiana, con sus propiedades y reclamos, que en los meses de verano también vamos de vacaciones como creyentes. La fe nos exige que estemos siempre atentos, alertados, en comunión de evangelio…
Así pues, ante el verano, sopesemos dos consideraciones:
- No dejemos de cuidar la fe ni de cultivar la dignidad. Nada que afecte a la integridad personal y a la belleza del alma admite descuidos por vacaciones.
- Aprovechemos el verano para seguir ejerciendo de misioneros en los ambientes distintos que frecuentemos. No dejemos de tener presente aquella exhortación de Jesús: “Vosotros sois la sal de la tierra… y la luz del mundo…” (cf. Mt 5,13-16). Por tanto, que brille nuestra luz creyente por donde vacacionemos o viajemos…



